JULIÁN RUIZ
Madrid
17/06/2014
El músico francés se desvivió (y casi
se arruina) por ser el primer músico occidental en tocar en la China
post Mao.
La experiencia fue caótica e inolvidable, pero susceptible de
ser empeorada
 |
| Un cartel anunciador de los conciertos de 1981. |
A mediados de diciembre de 1979, Jean Michel Jarre recibe una llamada
del secretario general de la UNESCO, el senegalés Amadou-Mathar M'Bow.
El Gobierno chino de Hua Guofen estaría interesado en que Jean Michel
Jarre viajara a Pekín y formalizara una serie de conciertos en la China
comunista, tan sólo tres años después de la muerte de Mao. Amadou-Mathar
había estudiado en París y sentía un cariño muy especial por Francia.
En la reunión de la sede de la UNESCO, el secretario general le
cuenta a Jarre que Radio Pekín ha empezado a poner sus discos, desde
'Oxygene' hasta el último 'Magnetic fields'. Jarre casi salta de
alegría, p
orque llevaba un año y medio de insistencia ante la Embajada China en
París para que aprobaran sus conciertos. Por otra parte, quedaba claro
que quien ya manejaba todos los hilos de la reciente economía comunista
china era Deng Xiaoping. Ese mismo mes, China había comprado varios
aviones a la Boeing y Coca-Cola había anunciado la inauguración de una
fábrica en Shanghai.
El 13 de julio de 1980, al año siguiente, Jean Michel Jarre y su esposa Charlotte Rampling llegan a Pekín.
Su primera reunión con las autoridades chinas se produce en el Conservatorio de Música China en Pekín, localizado en una de las calles adyacentes de la plaza Tien An Men .
El piano es decadente
Jarre había tomado la precaución de llevarse un par de sintetizadores
para hacerles la demostración a los chinos de lo que la electrónica
había hecho cambiar la faz de la música. Los chinos alucinaban con los
nuevos sonidos. Se excitaban con todas las 'modernidades' occidentales.
El propio Jarre me contó que en el Conservatorio no había ni un sólo piano acústico.
Durante la revolución cultural, el piano había sido declarado culpable
de decadencia musical occidental. Parece ser que en todo Pekín, como
mucho, había dos pianos y controlados por el el aparato cultural del
nuevo régimen.
Aquella misma tarde, Jean Michel y Charlotte acuden a un concierto de
música sinfónica china. Jarre graba la música clásica china, en un
cassette para poder componer algo sobre la idea musical china, pero con
sintetizadores.
Por la noche, cenan con Madame Wuang, directora de la radio nacional.
La dirigente le dice que más medio millón de chinos ya conocen la
música de Jarre, porque ha dado órdenes de que se escuche, como
inquietante novedad tecnológica en la cultura de un nuevo país, en vías
de desarrollo. Un cuento chino.
Como todo se eterniza por el funcionariado, Jarre no vuelve a China
hasta febrero de 1981. Vuela en el mismo Concorde, con François
Mitterrand, que
está a punto de ser presidente de la República.
El político le asegura que hablará con los chinos para lograr que pueda
actuar, al menos, en Pekín. Jean Michel le cuenta al presidente que su
idea es de adaptar un tema chino clásico y casarlo con los
sintetizadores. Algo difícil de solventar , porque en la música clásica
china no existen las partituras.
En junio, Jean Michel regresa una vez más Pekín. Afina o desafina los
detalles técnicos con la enorme plantilla de funcionarios chinos,
incapaces de entenderse entre ellos.
La reuniones casi enloquecen al artista francés. Casi una semana
después de las discusiones , se encuentra al borde de abortar el
proyecto, de desistir de la empresa. Le explica a Charlotte que esos
conciertos van a ser más difíciles que lograr un concierto en la cara
oculta de la luna. Hablando de Pink Floyd, Jean Michel
está impresionado de la puesta en escena de 'The wall'.
Así que contrata a Mark Fisher para lograr una puesta en escena
espectacular. La firma de Mark para el proyecto entona moralmente a
Jarre, que acuerda con los chinos,finalmente, ofrecer dos conciertos en
Pekín y tres en Shanghai.
Sin luz china
Por fín, el 15 de octubre de 1981 despega de París un avión especial rumbo a Pekín. Transporta 15 toneladas de material, con
300 cajas etiquetadas y 70 personas a bordo.
El avión llega a la capital China 30 horas después. En el mismo
aeropuerto, las autoridades chinas le obligan a formalizar y firmar una
especie de contrato .
La decadencia del aparato comunista chino provoca
el caos en la expedición.
Para empezar, las autoridades no habían previsto tantas habitaciones en
el hotel donde los van a instalar. Hasta el punto de que Dominique
Perrier, uno de los técnicos pierde a su mujer en otro de los hoteles
que han habilitado improvisadamente.
Peor todavía. Llegados al Palacio de Deportes de Pekín, el equipo de
Jarre se queda perplejo. No hay tomas de electricidad y sin electricidad
no hay concierto. Finalmente, tiene que intervenir el Ministerio de
Industria chino para solucionar el problema. Cada técnico francés tiene
un técnico chino a su disposición. El problema es que
a los chinos les vuelven locos las máquinas de café que ha instalado el equipo francés. En un par de días, ya no hay 'stock' ni de café ni de azúcar. ¿Quién decía que a los chinos les gusta el té?
Dictados por las escrupulosas autoridades, hay dos repasos generales
técnicos cada día. El primero a las 11.30 de la mañana y el segundo a
las 17.30 de la tarde. Jean Michel Jarre habla con el 'bureau' comunista
y les exige que las entradas sean gratis. Recibe un insolente no por
respuesta. Dicen que las entradas son muy baratas.
30 pesetas la más cara y 18 pesetas la más barata.
Pero hay que tener muy en cuenta que el salario medio chino era de sólo
cuatrocientas ochenta pesetas. A Jarre no le queda más remedio que
tragar. Como se venden pocas entradas vendidas, Jean Michel, con su
socio Dreyfuss se aseguran de comprar y regalar las 180.000 entradas de
los tres días de actuaciones de Shangai. A vista del negocio, los chinos
cobran seis pesetas más caras cada entrada por cuestión de impuestos,
dicen.
Presidencia tibetana
Afortunadamente, el material, los sintetizadores y la escenografía
han llegado a tiempo de Hong Kong. Llega la gran noche, el 21 de octubre
de 1981. La mayoría del público eran soldados y funcionarios. Al final,
el régimen había regalado las entradas. Como todo se va a filmar y va a
tener una propaganda mundial, el régimen
instala en la
presidencia del Palacio de los Deportes de Pekín a Panchan Lama Ederni,
que había sido el líder tibetano colaboracionista, el amigo que
se había colado como vicepresidente de la Asamblea Nacional para
demostrar que China no está aplastando al pueblo tibetano.
Jarre estrenaba en Pekín el Fairlight, el nuevo juguete que podía
secuenciar y samplear cualquier sonido. Pero el Fairlight falla por
culpa de las continuas bajadas de tensión en la electricidad. Aún peor,
Frederic Rosseau se equivoca al disparar las secuencias. Un caos
musical.
El sonido es un puñetero desastre. Al final
del concierto, Jarre se entera de que más de dos barrios cercanos a ese
Palacio de Deportes han estado a oscuras para que los franceses tuvieran
su electricidad.
Jarre también está desmoralizado porque, a medida que avanzaba el
concierto, la gente fue abandonando el recinto. Las autoridades le
aseguran que ha sido porque no querían perder los últimos vehículos
públicos, únicos medios para volver a casa.
En realidad, todo es un juego caprichoso de propagandas. A Jarree le
volvía loco, le excitaba ser el primer artista occidental que tocaba en
la China. Para el régimen chino era una gran publicidad demostrar al
mundo que no estaban cerrados al mundo. Todo lo contrario. Eran el
pueblo más moderno, abierto a este
Marco Polo electrónico,
con una sociedad abierta a la última música de la tecnología. Puro
matrimonio de conveniencia. Lo cierto y la única verdad era que los
chinos no entendían una mierda de la música de Jarre. Y ni los lasers,
el sonido abrumador y la parafernalia de la puesta en escena de Mark
Fisher les hacía salir de la indiferencia. Iban obligados a los
conciertos, igual que a todo el equipo francés se les vigilaba de una
forma especial.
El concierto del segundo día fue bastante mejor. Además, Jean Michel
Jarre pudo tocar con la pequeña Orquesta Sinfónica de Pekín uno de las
piezas más famosas de la música tradicional china,
'Pescando con los juncos al atardecer'. Todo un logro, aunque sonase todo desafinado.
Los diarios oficialistas chinos, al día siguiente, llamaron a Jean
Michel Jarre "el mago del sonido y la luz", el "gran maestro de la
electricidad". Pero su circo electrónico tiene que viajar a Shangai. Les
esperan tres conciertos, los días 26,27 y 28 de octubre.
Como había ocurrido en Pekín, un gran barrio de Shanghai se queda sin
luz para alimentar de electricidad al estadio de 60.000 espectadores.
Ni regalando las entradas, el estadio se llena ninguno de los tres días.
Eso sí,
el público alucinaba con el sintetizador portátil de Jarre e incluso su famosa arpa de electrónica funciona en Shangai. En Pekín no se había podido instalar por problemas técnicos.
Al final, hay una sensación de contento general.Todos los conciertos
han tenido gran repercusión en todo el mundo. Jarre había invitado a más
de 20 periodistas de varios países.. Los chinos le ofrecen la
posibilidad de un sexto concierto en Pekín ante el éxito propagandístico
en el mundo. Pero Jean Michel prefiere
comprarle una moto oficial a un policía de Pekín por tres mil francos y regresar a París tras la pesadilla china.
En el avión de regreso, Jarre escribe el mejor tema de su álbum doble
'The concerts in China'. Le llama 'Souvenir de Chine'. Una semana
después, Jarre y todos sus músicos
penetran en el estudio para grabar el disco. De las cinco pesadillas en China sólo pueden valer las imágenes rodadas en cine.
Jarre y su socio Dreyfuss habían perdido 5 millones de francos -60
millones de pesetas- en el viaje a China. Tardó casi cinco años en
recuperar el dinero de la aventura.
Curiosamente, Jean Michel vuelve a China en marzo de 1994. Trece
años después. Fue todavía más caótico, porque el concierto de Pekín se
hizo en la Ciudad Prohibida. Me contó que fue mucho peor que la primera
aventura. Los chinos habían perdido la virginidad y sólo disfrutaban del
dinero. Jarre aprendió mucho de un proverbio chino que decía así: "El
sabio puede sentarse en un hormiguero ,pero sólo el necio se queda
sentando en él". Seguro que lo asociaba a su segundo viaje a China.
Source:
elmundo.es